Maribel
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Maribel

Muchas veces pienso en mi profesora de lengua del colegio, la señorita Maribel. Me gustaría que supiera que la recuerdo con cariño y que se cuela de vez en cuando en mi memoria, porque sí, porque algún detalle hace que de repente la vea, seguramente distorsionada por los años y por la mirada infantil con la que yo la veía.

La recuerdo con el pelo corto, color castaño rojizo y raya a un lado. Creo que era delgadita y poca cosa, pero no lo sé muy bien. Era comedida y mesurada, correcta ante todo, pero creo que su trabajo le gustaba mucho. Y a mí me gustaba ella. No sé si lo supo nunca. En el instituto es más fácil tener afinidad con algún profesor y que lo note, pero cuando eres una niña es difícil que un maestro sepa lo mucho que te marca, porque apenas tienes herramientas para hacérselo saber.

Las clases de Maribel eran entretenidas, o quizá es que a mí me encantaba escribir y la gramática me parecía lógica y encajaba perfectamente con mi manera de concebir el mundo. Un día trajo un casete de Sabina a clase. Nos quería poner «Así estoy yo sin ti» porque estábamos hablando de las comparaciones. Me acuerdo de que nos dijo que no quería que fuésemos a nuestros padres a decirles: «Mira lo que nos pone la señorita Maribel», que era únicamente para que viésemos las comparaciones en acción. Supongo que se le encogió un poco el estómago mientras Sabina cantaba «inútil como el semen de los ahorcados», pero no recuerdo que hubiera ninguna revolución en clase. Quizá nadie se diera cuenta.

Nos dejó el casete puesto un rato mientras hacíamos los ejercicios. Pero llegado un momento dijo que ya estaba, que basta, que estábamos muy alborotados. Y, en mi memoria imperfecta, de niña que había oído el disco en casa hasta la saciedad, recuerdo que, curiosamente fue justo antes de que empezara «Cuernos». Siempre pensé que le había parecido que esa canción era demasiado y que se iba a meter en un lío.

Maribel leía mis textos, mis redacciones y hacia algún comentario. Yo era de las alumnas que intentan no llamar la atención, así que el día que me preguntó si leía muchos libros de Los cinco pensé que me iba a morir de la vergüenza. No sé si me había hecho leer en voz alta o si me devolvía un texto corregido. Pero yo, atrapada y nerviosa, le contesté que sí.

Mi tío tenía una librería papelería cerca de casa y me dejaba coger los libros y leerlos sin dar mucho de sí la tapa, para poder volverlos a poner a la venta, así que había podido leer todos los libros de Puck, de Los cinco, de Los siete secretos y hasta de Los tres investigadores. Y muchos Astérix.

Ella me dijo que no leyera tantos y yo me lo tomé mal. O quizá muy mal. No lo sé. Solo sé que llegué a casa temblando como una hoja (ejemplo de comparación que habría funcionado muy bien en aquella clase) y que quizá me eché a llorar. Y mi madre, que era el paradigma de «a mi hija no la toca nadie» fue a hablar con ella.

Pobre Maribel. Su comentario no había tenido ninguna malicia, todo lo contrario. Mi madre volvió hinchada como un pavo porque lo que Maribel quería decir era que yo tenía mucho talento y que Los cinco lo iban a estropear. Le sugirió a mi madre El barco de vapor y la colección infantil de Alfaguara y gracias a eso llegaron meses después Christine Nöstlinger y Michael Ende a mi vida. Y muchos otros libros que me parecían extrañísimos y muy interesantes porque no seguían las estructuras de los libros que yo estaba acostumbrada a leer.

Unos meses o quizá algún año después, hubo un concurso de redacción en mi pueblo. Tras presentar un texto lleno de angustia adolescente, fui un día a tirar algo a la papelera y pasé junto a un pequeño conciliábulo de profesores. Alguien decía: «Pero es un texto muy pesimista» y Maribel lo defendía. Y supe que hablaban de mí. Sin más. Volví a mi mesa con la cara ardiendo, pensando que era imposible que eligieran mi texto para representar al colegio. Pero así fue. Y creo que fue Maribel la que me contó que mi texto en catalán también había estado entre los elegidos, pero que ya era demasiado.

Gané ese concurso y quiero pensar que Maribel estaba orgullosa de mí. Porque en la siguiente clase dijo que íbamos a trabajar la entrevista y me hizo sentarme en la (a mis ojos) enorme mesa de la profesora para que mis compañeros me hicieran preguntas. Solo recuerdo una a la que contesté que me gustaría escribir un libro de verdad algún día. Y a veces me parte un poco el alma pensar que quizá sea una decepción para Maribel no haberlo visto, tras haberme apoyado tantísimo.

Pero si algún día escribo un libro, Maribel, estés donde estés, estará dedicado a ti. Porque cuando encuentras alguien que cree en ti de verdad, que se preocupa por tu potencial y por tus oportunidades de explotarlo, que quiere que te vaya bien, no te olvidas jamás. Y por eso me acuerdo de ti de vez en cuando, casi sin quererlo, con un cariño inmenso que no se va a acabar nunca.

Foto de Ivan Aleksic en Unsplash

2 Comments
  • Marta
    Posted at 09:49h, 16 noviembre Responder

    Buf, que bonic Paula!
    Jo soc mestra de primaria i m’ha encantat llegir l’estima que li tens.
    Sovint no ens adonem quina influència poden tenir les nostres accions i comentaris, tant a l’aula com al carrer.

    • Paula
      Posted at 14:56h, 16 noviembre Responder

      L’altre dia just comentàvem que són els profes els que ens fan. Els que et veuen com ets i et donen les eines que necessites per ser la millor versió de tu mateix. Jo guardo molt bon record d’uns quants profes que van fer tot el que van poder per ajudar-me en cada moment. Els dec moltíssim.

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