Paula Mariani | El machismo está en los detalles
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El machismo está en los detalles

Hace unos días salí a cenar con unas amigas. Terminamos en una discoteca bastante horrible donde la música era lo peor. Estuve a lo mío un rato hasta que el DJ (que tenía quince años y pinchaba para un público de cuarentones, WTF?) tuvo a bien darme el único respiro de la noche con Highway to Hell de AC/DC.

Me vine arriba. Quizás muy arriba. Salté, grité y la canté por encima de mis posibilidades (a media canción me faltaba el aire, y eso que no hay canción de AC/DC que dure más de tres minutos). Y me gané un gesto divertido de un chico que estaba cerca y que parecía tan contento como yo de escuchar un poco de rock and roll entre tanta basurilla.

Al acabar la canción, el chico y sus amigos se sacaban una foto y me pidió que me uniera. Y me hizo gracia y dije que sí y me puse a su lado para que una de mis amigas nos hiciera una foto con el móvil.

Y justo en ese momento, este chico tuvo a bien darme un beso en la mejilla.

Sí, ya lo sé. No soy una mujer maltratada, fue solo un beso en la mejilla que le hubiera dado yo misma si nos hubiésemos presentado. YA LO SÉ.

Pero no es eso de lo que quiero hablar.

A mí el beso me dio un poquito de asco. Duró más de lo que me habría gustado porque posábamos para una foto. El tipo olía a cerveza y a sudor y sencillamente yo no lo había invitado a mi zona íntima. A mi espacio.

Me quedé un buen rato ahí frotándome la mejilla para quitarme la sensación de acoso y el olor.

Pero lo peor fue lo que pasó justo después.

 

La menda, la feminista, la que educa a su hija para que nadie nunca la avasalle ni la haga sentirse menos, pensó en ese momento que me lo merecía por haber accedido a hacerme una foto con él. ¿Quién me mandaba a mí?

Podría haber dicho que no a la foto. Podría haber marcado distancias.

O podría haberlo apartado a saco cuando me dio el beso, ¿no? ¿Por qué me quedé ahí, sonriendo para la foto y no le di un buen guantazo?

¿Veis dónde quiero ir a parar?

No tengo dudas. Soy feminista. Muy feminista. Me gusta serlo. Me pone nerviosa la gente que no lo es. Pero me pasó algo desagradable y lo primero que hice fue pensar que era culpa mía. Me quedé helada y pensé que yo podría haberlo evitado.

Es tan perverso que me da asco. No, no fue nada grave y no, no me siento acosada, ni violada, ni nada. Pero sí me sentí culpable y eso me hizo hervir la sangre. Sí que justifiqué un comportamiento que no es justificable.

Yo era la víctima. Con todos los matices que quieras, pero la víctima. A mí me habían hecho algo que yo no quería. Y me pregunté, cual juez en un caso de violencia machista, por qué no había dicho que no. Por qué no lo había apartado. Por qué no le había gritado que no me besara.

Y os voy a decir por qué. Me dio miedo ser una exagerada. Me dio miedo montar un escándalo por una tontería. Me dio miedo que la gente pensara que era una histérica que estaba sacando las cosas de quicio. Me dio miedo porque me pareció que tampoco era para tanto.

Y me dio miedo el chaval que tenía pinta de boxeador y mis clases de karate no están tan avanzadas.

En los tres segundos en los que tuve su boca pegada a la mejilla y olí el sudor y el alcohol, solo pensé en eso. En el miedo que tenía a ser una histérica, a montar una escena o a que me pegaran un guantazo a mí.

Se acabó la foto, volví con mis amigas y la noche siguió su camino. Me lo pasé muy bien.

Pero después estuve pensando en eso otro: en que había sido culpa mía por acceder a hacer una foto. O por no tener más carácter y tener miedo de ser una borde. O por hacerme la simpática con todo el mundo a mi alrededor.

Y eso me hizo pensar.

Si por un beso yo sentía esa vergüenza. ¿Qué sentirán las mujeres a las que pegan, a las que violan, a las que maltratan sistemáticamente? ¿Qué autoestima pueden tener?

Y lo que es todavía peor: ¿cómo las vemos las demás?

Porque, si te fijas, en todos mis sentimientos de persona agredida estaba fijándome en cómo se ve desde fuera, en lo que me iban a decir, en lo que iban a pensar.

Y si pensamos en eso es porque nuestra sociedad nos hace pensar en ello. Porque cuando reaccionamos nos llaman histéricas. Porque cuando no reaccionamos se da por sentado que nos parece bien.

Yo no voy por la vida invadiendo el espacio personal de la gente. Es algo que nos parece totalmente inaceptable en la mayor parte de las interacciones sociales. Pero, de repente, en ciertas situaciones, justificamos esa invasión porque la agredida no ha dicho que no. No se ha quejado. No ha salido corriendo.

Quizás no ha podido.

Y después justificamos los ataques porque ellas se lo han buscado. Se han casado con un hombre agresivo, se han vestido provocativas, se lían con cualquiera.

Sí, ya, te parece increíble y tú no lo haces. Yo tampoco lo hacía. Hasta que el ataque fue sencillamente un beso. Y me pasó a mí.

¿Cuántos micromachismos toleramos todos los días sin darnos cuenta?

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