Paula Mariani | De lenguas y escuelas
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De lenguas y escuelas

Hablo cinco lenguas. Las uso para trabajar todos los días. Y me parecen pocas. Ojalá hablara diez. O veinte. O cincuenta.

De hecho, cada vez que fantaseamos sobre superpoderes en casa, y por muy atractivo que sea ser elástica o invisible, lo que elijo invariablemente es el superpoder de conocer todas las lenguas del mundo. Cosa que me haría absolutamente imprescindible en mi sector y me permitiría pedir cerveza en cualquier parte del mundo, sí, pero que va más allá porque las lenguas no dejan de ser una expresión cultural.

Cuando llegué a Catalunya hace treinta años, no sabía que existía el catalán. De hecho, no lo hablé, ni bien ni mal, hasta la adolescencia. Estuve exenta un año o dos, pero doy gracias todos los días a la inmersión lingüística que me permitió aprenderlo, porque, de no haber sido por ella, yo no habría aprendido catalán. Al menos no enseguida. No me hacía ninguna falta en mi vida diaria.

Creo que la inmersión lingüística tiene la culpa de que hoy yo sea traductora. Traductora al español. Trilingüe. Y es que no hay nada que se pueda comparar a ver en acción diferentes lenguas y entender cómo se articulan a partir del uso. Nada comparable a vivir en un ambiente bilingüe en el que los límites de las lenguas se desdibujan y en el que una “contamina” a la otra hasta crear una riqueza de expresión que no se puede conseguir de ningún otro modo.

Las lenguas son un tesoro que no somos conscientes de que existe. Y no solo porque son diversas y diferentes, sino porque son un reflejo de la cultura que las usa. Ya sabéis que hay palabras intraducibles, que ponen nombre a conceptos que tampoco conocemos. Como la saudade o el ahora tan hipster hygge, sí, pero también cosas más prosaicas, como los tipos de nieve, de lluvia o de viento. O los de pan.

Las lenguas (y los acentos y las variantes) son una ventana a la vida de las personas que la hablan. Suenan más o menos ruidosas, son más o menos retóricas, ordenan la información de diferentes maneras.

Aprender una lengua es aprender a entender a otras personas, literal y figuradamente. Es ir más allá y comprender cómo piensan y cómo articulan sus ideas. Parece magia.

Cuando escucho la controversia sobre la lengua vehicular del sistema educativo o sobre cualquier otra parida lingüística, me hierve la sangre. No lo puedo evitar.

Me cabrea la gente empecinada en asignar valores e ideologías a las lenguas. Me cabrea la insistencia en enfrentarlas, como si las lenguas no fuesen hermanas que surgen, muchas veces, de raíces comunes. Me cabrea que se cree un problema donde no lo hay, porque, queridos tertulianos, queridos políticos y querida opinión pública, saber dos idiomas es un regalo y un privilegio.

A veces me parece que vivimos en un país de acomplejados. Gente que tiene dificultad para aprender idiomas y por eso suelta bilis cada vez que se toca el tema lingüístico. Porque no quiere parecer tonta. Porque no quiere que se note que no entiende ni sabe.

La inmersión lingüística en Catalunya funciona. Mis tres hijos hablan catalán y español perfectamente. Y van a una escuela pública que escogí específicamente porque también les enseñan inglés y francés.

La inmersión lingüística funciona y se debe dejar en manos de los que realmente saben lo que hacen: los profesores. No son los políticos los que deben decidir con qué frecuencia y en qué cantidad se hablan las diferentes lenguas que se enseñan. Tampoco, por mucho que nos empeñemos, somos los padres. Son los profesionales los que saben cuál es la mejor manera de conseguir que sus alumnos hablen dos lenguas con solvencia en función de la configuración de sus clases: no es lo mismo una escuela rural en las montañas que una escuela en el Raval barcelonés, ni es lo mismo una escuela con muchos niños que vienen de otras partes del mundo que una escuela en la que todos los niños son de la zona. No son escuelas mejores ni peores, tienen diferentes poblaciones y diferentes necesidades. Y son esas necesidades las que tiene que detectar y satisfacer el profesorado.

No olvidemos que la inmersión lingüística cumple un objetivo básico: democratizar la enseñanza. Conseguir que todos los niños sean iguales. Evitar la segregación por procedencia o por idioma materno. Cohesionar la sociedad, esa que están intentando fracturar por todas partes.

La inmersión lingüística se asegura de que todos los niños salgan de la escuela siendo bilingües. De que puedan usar indistintamente español y catalán en su vida. Hace que no tengan que elegir ni que posicionarse, porque lo pueden tener todo.

Y en eso funciona. Funciona estupendamente. Quizás haya que hacer ajustes, por qué no. Pero no los podemos decidir nosotros según el partido que gobierna o el tertuliano más rabioso. Los tienen que decidir los profesionales que la usan todos los días y que saben dónde están las limitaciones.

Se habla mucho del derecho de los padres a elegir el idioma en el que se escolariza a sus hijos. Y me parece una soberana estupidez. No, queridos padres, no tenemos derecho a exigir nada en ese sentido. No tenemos derecho a exigir que se les enseñe una cosa u otra. No podemos pedir que no se les enseñe matemáticas o ciencias o inglés. No se me ocurre mayor tontería que pretender que la escuela se incline ante nuestras exigencias. La escuela sabe cuál es la mejor manera de enseñar. No podemos poner en duda el sistema educativo. No solo porque está dando buenos resultados, sino porque nosotros no somos los expertos en este campo, por mucho que eso nos duela.

Y tenemos menos derecho todavía a restarles oportunidades a nuestros hijos. Que aprendan dos lenguas no solo es bueno lingüísticamente y para la cohesión social. Que aprendan dos lenguas los ayuda a pensar de otra manera, a ejercitar el cerebro, a prepararse para la adquisición de terceras, cuartas y quintas lenguas. No tenemos derecho a cerrarnos en banda a la posibilidad de que los niños cuenten con esa riqueza mental.

Lo que sí tenemos que hacer es dejar de tener complejos y disfrutar de nuestras lenguas. Hablarlas y usarlas. Entender que es un lujo vivir en un sitio donde se habla más de una lengua. Escuchar con curiosidad a quien habla una lengua que nos es extraña. Escucharlo de verdad.

Y, si no tenemos el privilegio de vivir en una tierra bilingüe, sentir respeto y admiración por los que sí lo tienen. Superar de una vez ese complejo monolingüe que nos hace despreciar lo que no conocemos en una especie de racismo lingüístico propio de cortos de vista. Dejar de exigir que “nos hablen en cristiano” y de pensar que, si no se habla en la lengua común, es para “provocar”. Todos nos comunicamos según nuestra herencia cultural y, en principio, nadie lo hace para molestar.

Muchas veces, el que no entiende es porque no le pone ganas.

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