Paula Mariani | 1-O. Esos de los que ustedes hablan son mi gente.
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1-O. Esos de los que ustedes hablan son mi gente.

Creo que la primera que me llamó ayer fue Lucía, de Madrid. Quería saber si estábamos bien. Me dijo que no se creía mucho la versión oficial y que solo quería mandarme un beso y desearme todo lo mejor. Luego me escribieron las dos Marías, de Sevilla; María José, de Mallorca; Ana, de Murcia y Ana, de Asturias. Me escribió Miren, que es de Bilbao, pero vive aquí. Me escribió Harriet desde Inglaterra y hasta Allison, a la que casi no conozco, se preocupó por mí desde Estados Unidos. Después llegaron todos los mensajes de la familia desde Argentina y Uruguay.

Todos estaban preocupados y consternados. Muchos no tengo ni idea de qué votan ni qué piensan. No sé si están de acuerdo con el referéndum o no. Pero me llamaron o me escribieron para ver si estábamos bien.

Y es que, además de quién la tiene más grande o de quién tiene más derecho, más razón y más ley, hay un componente humano que a veces se olvida. El componente humano básico de querer a alguien aunque no lo entendamos. La capacidad de sentir empatía y preocuparte de lo que les pasa a los demás, aunque tú creas que se han equivocado o que no han sido muy responsables. La emoción de ver a otra persona sufriendo y querer evitarlo, hacer que no pase, o intentar solucionarlo de alguna manera. La materia que nos hace seres pensantes con sentimientos y no robots de pensamiento único.

Estos días he oído hablar de separatistas, extremistas, radicales, violentos y fanáticos. A esa gente yo no la conozco.

Conozco a Ruth, que es cuadriculada y nos hace reír porque cambia de tema constantemente y sin avisar. A Esther, que ha sido monitora deportiva de todos mis hijos y es de las mejores personas con las que me he encontrado.

A veces salgo con Anna, que tiene una risa contagiosa y a la que le gusta ir de excursión. Y con Núria, a la que le encanta bailar. Gisela sabe discutir como nadie y es casi más despistada que yo; y con Anabel, que es de Fuentealbilla, como Iniesta, cotilleo sin descanso.

Mi mejor amigo, Joan, ha discutido conmigo desde hace años sobre la independencia y nunca habíamos conseguido acercar posiciones. Y su mujer, Marta, es madrileña y le tiene una paciencia infinita precisamente por eso.

En el colegio electoral, la escuela de mis hijos, estaba ayer también Mireia, que es muy dulce y muy futbolera. Hemos pasado muchas reuniones del AMPA con un ojo puesto en el móvil cuando ha coincidido con un partido del Barça. También estaba Mònica, la directora del colegio, con la que he tenido alguna diferencia, pero que es una buena persona que hace las mejores clases de danza del mundo. Y estaba Jordi, que hace que ir a ver un partido de baloncesto de los críos sea infinitamente más divertido.

Yo pasé todo el día con Olga, con la que no puedo parar de reírme y con la que a veces hacemos planes para llegar a ser consuegras. Y estuve hablando mucho con Ana, que es catalana castiza y resulta que ahora tiene novio.

Podría seguir y hacer una lista de quinientos o mil nombres de personas estupendas que hacen de este mundo un lugar mejor. Gente que ayer estaba votando porque es independentista. O quizás estaba allí, porque, como yo, quería votar sin más, sin tener que lucir ni esa ni ninguna etiqueta. Gente que piensa cosas diversas, pero que es buena gente.

Si hay algo que me repugna es que a la represión le sumemos la deshumanización. Es que repitamos una y otra vez que los secesionistas se merecen lo que sea (patadas voladoras, roturas de dedos y hasta perder la vista) porque se han saltado la ley. Es que cerremos ojos y orejas e intentemos repetir lo nuestro sin hacer ni el amago de escuchar lo que tienen que decir los demás.

Lo peor de toda esta situación no es la fractura social, ni las imágenes horribles que tenemos todos en la retina, no. Las brechas se pueden cerrar. Lo peor es que seamos incapaces de ponernos, aunque sea un solo segundo, en la piel de otra persona. Lo peor es que seamos capaces de justificar la violencia. Lo peor es que un amigo no te llame ni se interese por ti a nivel humano por lo que piensas a nivel político.

Lo peor es que a veces parecemos máquinas programadas para distinguir solo entre blanco y negro y olvidamos que las relaciones humanas se basan, fundamentalmente, en nuestra capacidad para tolerar, sortear y salvar todas nuestras diferencias, porque no hay dos personas iguales. Y es que, a veces, somos incapaces de escuchar y de utilizar las más elementales de las emociones humanas.

A todo este proceso catalán, imperfecto, controvertido, difícil y duro le debo, sobre todo, volver a sentir un montón de cosas muy humanas. Especialmente mucha empatía.

Ayer lloré mucho. Lloré cuando paró una ambulancia de la que se bajó una señora de 103 años que venía a votar sola. Y también cuando salió del colegio un señor en silla de ruedas intentando contener las lágrimas sin conseguirlo. Lloré con las imágenes tremendas de otros colegios y con la desesperación y el miedo de otros catalanes. Lloré hasta con Piqué, con la voz rota, más humano que nunca.

Y luego lloré con toda esa gente que se volcó en Madrid, en Andalucía y en el País Vasco para defender los derechos de otros. Personas dispuestas a partirse la cara por nuestra libertad, aunque eso signifique que nos alejemos de ellos. Toda esa gente cantando por nosotros que me llena los ojos de lágrimas porque, para qué negarlo, desde ayer estoy blandita.

Esa es mi gente, señores. Y no tolero que les pongan ninguna etiqueta, ni que los critiquen, ni que los ninguneen. Porque puede que pensemos diferente, sintamos diferente y hasta votemos diferente. Pero mi gente y yo compartimos humanidad y empatía. Y eso es mucho más de lo que puedo decir de todos los que tienen voz y altavoz estos días para decir tonterías impunemente sin preocuparse de ser humanos.

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